
"Vivir en Esperanza"
La felicidad del hombre está condicionada a la vivencia de la esperanza, aunque algunos digan que es la cenicienta de las virtudes teologales. Nuestra sociedad occidental padece una notable crisis de esperanza. Nuestro mundo es muy rico en medios y muy pobre en fines, hasta el punto de que la depresión se ha convertido en la dolencia psíquica característica de nuestro tiempo. Paradójicamente, los países desarrollados padecen con especial intensidad la desesperanza. Es un contraste que habiendo alcanzado cotas tan altas en el dominio del mundo, al mismo tiempo no tengamos claro adónde nos dirigimos y cuál es el sentido de nuestra existencia. No cabe la menor duda de que muchas personas hoy pasas sus vidas persiguiendo solamente metas “parciales”, tales como abrirse paso en la profesión, sacar la familia adelante, ganar en calidad de vida, etc. Incluso parecen no necesitar del un sentido profundo y trascendente que dé unidad a su vida. Pero, sin embargo, también los hay que se hacen la pregunta por el sentido definitivo de la vida: ¿Es esto todo lo que da de sí la vida y todo lo que puedo hacer en ella? El drama del hombre consiste en comprobar amargamente que, si no hay una esperanza definitiva, nuestras esperanzas están abocadas, tarde o temprano, a la frustración. Con esta fina ironía lo decía el cómico Groucho Marx: “Vamos de victoria en victoria, hasta la derrota absoluta”. En efecto, ¿de qué le serviría al hombre ilusionarse en las metas parciales, si al final todo queda en la nada? El hombre que no piensa en el sentido último de la existencia es como un empresario al que no le preocupara el balance de su negocio. La falta de una esperanza con mayúsculas, motiva que las esperanzas terrenas se diluyan en el bazar de nuestros egoísmos. Por eso muchos idealistas de ayer son los escépticos vividores de hoy, porque les ha faltado la esperanza teologal para sustentar sus esperanzas. Esperar es inherente al ser humano. Es imposible vivir sin esperanzas. Pero el gran reto está en integrar esperanzas y esperanza. Es cierto que no tendría sentido una esperanza teologal que no se tradujera en esperanzas concretas. Pero también es verdad que el mundo de hoy corre el grave riesgo de devaluar sus esperanzas si no las abre a la trascendencia. Para que nuestras esperanzas sean auténticamente “humanas”, han de estar abiertas al infinito, porque somos insaciables, y permanentemente insatisfechos; cuando logramos una meta esperada, al poco surge espontáneamente en nosotros la inquietud por una meta más elevada. En realidad, el hombre es un ser limitado con un ansia ilimitada. Esta desproporción entre el ser limitado y la aspiración ilimitada, este desajuste, ¿no será signo de una llamada de Dios, portadora de la promesa de plenitud? El análisis del deseo humano puede ayudar a descubrir la radical vocación trascendente del ser humano. Por todo ello, y a pesar de haber comenzado diciendo que nuestra sociedad padece una crisis de esperanza, en realidad, debemos rechazar tanto la tentación del pesimismo, como la del optimismo ingenuo. Ninguno de los dos son cristianos. La esperanza cristiana consiste en vivir el presente con intensidad de amor, desde la fe y la verdad, esperando en el futuro que nos ha sido regalado en Cristo Resucitado. Por eso podemos celebrar la muerte sin miedos y esperar la vida eterna sin temor. ¡¡ Feliz Pascua de Resurrección !! ¡¡ Aleluya !!
Ángel-Daniel de Toro González